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Enrique “Topo” Rodríguez, mucho más que un rugbier: jugó en los Pumas y los Wallabies y hoy ayuda a gente con depresión

04/04/2026



Es bueno dimensionar lo que representaba Enrique Edgardo Rodríguez para el rugby argentino. El Topo Rodríguez, un apodo que le calzaba perfecto: un buscador obstinado de la pelota en las formaciones móviles. Donde había una montaña humana, ahí abajo estaba él, siempre escarbando. Aunque no había empezado, deportivamente hablando, en el mundo de la ovalada. Lo suyo, cuando llegó a Córdoba proveniente de Entre Ríos (nació en Concordia en 1952, en el Día de la Bandera), era el básquetbol. Le gustaba hacer valer el físico, fajarse con los grandotes, usar el cuerpo. En la casa lo llamaban cariñosamente “Gordo”, pero le sobraban destrezas. Tiempo más tarde llegó a jugar en los Pumas, nada menos: seis años, del 78 al 83. Y un día emprendió una aventura diferente: con su mujer, se fueron a vivir a Australia. Lo que iba a ser una experiencia de dos o tres años terminó siendo para toda la vida. Incluso, a las pocas semanas de arribar ya fue convocado para los Wallabies, la selección local, donde se consolidó como uno de los mejores pilares del planeta. Y exprimieron su sabiduría para perfeccionar nada menos que el scrum: el Topo sabía, y mucho, sobre la materia. Un jugador de su calibre debió tener un retiro aliviado desde lo económico, pero no se dio así. Jugó el primer Mundial, en 1987, en Nueva Zelanda y Australia, representando a los Wallabies. Fueron cuartos, una decepción para las expectativas locales. Meses después jugaría sus últimos partidos internacionales, curiosamente en la Argentina. Y no hubo más. O sí, vivencias que marcaron su vida y las siguen marcando. -Topo, en los momentos más oscuros de tu vida, ¿se te cruzó alguna vez una idea loca?-No, loca, loca, ninguna. Porque una idea loca no tiene asidero. Las ideas que se me cruzaron fueron todas con verdadero fundamento. Esto era imbancable. Me quería suicidar, sí. Muchas veces lo pensé. Decía “me liquido”, pero por suerte mi formación me hacía ver que todos los sacrificios que había hecho en mi vida no servían para un carajo, y entonces frenaba esa idea temeraria. Siempre he tenido ese salvavidas para los momentos más críticos.-¿En el rugby hay gente tóxica?-Mirá, mirá. Había una vez un enano venenoso que largó la bola que uno de sus compañeros de selección, y lo dijo con nombre y apellido, era homosexual. No había nada malo en eso: es la vida personal de alguien. El tema es cómo lo decís. “Fulano es puto” fue el rumor que echó a correr. El tipo no se bancó que esa otra persona tuviera una vida independiente y no le diera bola. Eso pasa en la vida. Porque a pesar de todas las cosas buenas que sigo haciendo, todavía tengo gente que me apunta. Y me quieren cortar las piernas. Pero no vuelvo nunca más al pozo.// // //Es la mañana australiana en Shoalhaven Heads, un poblado a 150 km al sur de Sydney. “Una villa, un lugar espectacular. Mi cama está a 400 metros del océano Pacífico. La velocidad máxima para los autos es de 50 km/h”, dice Enrique Rodríguez, hoy con 73 años. Un luchador con tiempos de hermosos recuerdos, otros no tan agradables, crítico de lo que no considera justo y sin filtro para decir lo que piensa, aunque de por medio haya personajes de renombre. Atravesó por momentos de esplendor, pero también por tiempos de depresión, de bipolaridad. Perdió la familia, aunque no los amigos, esos que lo bancaron siempre. Se fue de Argentina “harto” de algunas cosas y hasta estuvo 24 horas secuestrado por error durante la dictadura. “¡Me salvó el padre de un amigo!”. Hoy, y desde hace tiempo, el Topo habla y cuenta todo lo que durante mucho tiempo guardó. Habla porque le hace bien y sobre todo porque puede ayudar a los demás. “Salvé al menos a 12 personas de suicidarse”, afirma. Se cuida físicamente, apuesta por la neuroplasticidad y transmite sus experiencias para que otros puedan encontrar sus propias respuestas. Su vida, los Pumas, la relación con Hugo Porta, los coaches que fueron “horrorosos”, el entrenador que “lo colgó”, el valor del bronce de 2007, por qué no volvió a la Argentina, los amigos de fierro, la lucha contra la depresión. Un gran personaje, el Topo, al que muchos conocen y otros no tanto por una cuestión generacional. Vale la pena adentrarse en su mundo…Hijo de Enrique Rodríguez y de Lidia Josefa Basi, con cuatro hermanos (Liliana, Silvina, Melisa y Eugenio), a los 10 se mudaron de Concordia a Córdoba, donde vivían sus abuelos maternos. Se describe como “una bola de energía” en esos tiempos. No le gustaba mucho estudiar, pero después de completar el bachillerato comercial entró a cursar la carrera de psicología. “Estudié tres años y medio y se me vinieron un montón de responsabilidades al hombro. Automáticamente pasé a ser padre, esposo, trabajador, deportista; algo tenía que sufrir y fue el estudio. Había un agravante: era 1971-72, épocas de manifestaciones. Entraban los socialistas y los izquierdistas, tomaban la clase y hablaban boludeces. En una semana sólo tenías un día de clase efectiva. Y la verdad es que no podía perder el tiempo. Tenía que laburar para llevar el mango. Mi gustito, mi compensación estaba en entrenarme tres veces por semana y jugar el domingo. Ese era mi desahogo.-¿A qué edad te metiste en el rugby? -A los 19. Una vez, un gran amigo, Alfredo Albrisi, me invita a ver Tala vs. La Tablada, que es el clásico de Córdoba. Cuando veo lo que hacen en la cancha, pienso: “Estos tipos son tarados, están todos matándose”. Resulta que después viene uno con una cerveza, el otro con una guitarra, se ponen a cantar, un asadito. “Esto no lo vi en el básquet”, pensé. Y me picó enseguida.-¿Siempre de pilar o probaste en otro puesto? -Nooooo. Cuando termino el secundario, un compañero me invita a ir a Universidad Nacional. No tenía ni idea de las reglas. “¿Por qué no jugás de wing ciego?”, me sugieren. “Al que viene con la pelota, lo tackleás, lo puteás, lo puñeteás, no tiene que pasar”. Después jugué de centro, de apertura, de fullback. Hasta que un entrenador inteligente, el Gordo Basani Arrieta, doctor, me dice: “Vos tenés que jugar de tercera línea”. Juego 4 o 5 partidos y de pronto echan a un pilar y se lesiona otro. “Sos el único que está entrenado como para jugar de pilar”. Y ahí fui. Jugué entre 1971 y 1977. -¿Y cómo te sentiste? Se dice que los puestos de primera línea son ingratos, que la gente no los ve.-Cuando empecé tenía 78 kilos. Cinco años después ya pesaba 92, 95. Me fui armando con todo el laburo de peso y el entrenamiento que hacía. Si pongo todas mis experiencias en una licuadora y te doy el concentrado, te digo: el encanto del pilar es sentir que estás en contacto y en juego mucho más que en cualquier otro puesto. Y también un gran desafío. Porque cuando tenés un problema en la primera línea, hay que tragar y resolverlo en el próximo scrum. Si no, es como el tenista: te mete cuatro o cinco aces seguidos y te apabulla. No podés dejar que te apabullen en el scrum.-¿Qué es el scrum?-El scrum funciona como una orquesta, sincronizado, al unísono, por cinco segundos, con la espalda que explota, y listo, después se desarma todo. Tenés que juntarte, separarte, flexionar. Todo el mundo tiene que estar sintonizado, no importa de qué raza son, qué color de pelo tiene, si tiene plata o no. Ahí, en esos segundos, son todos iguales. Ahí está la magia del entrenador para hacer sentir que esos ocho se sientan una entidad, una unidad. Y otra cosa: no reaccionar. Porque si te muerden la oreja y golpeás, sonaste, te echan. El referí siempre ve y sanciona al que reacciona.-La época en Tala, entre el 78 y el 83, ¿qué recuerdos te trae?-Mucho trabajo, dedicación, sacrificio, satisfacción. A Tala lo llamaban “la máquina de ganar”: en seis años logramos cinco títulos. Y después siguieron ganando. Pero al mismo tiempo yo estaba muy exigido, porque ya tenía mi hija, mi hijo, laburo, entrenamiento, los Pumas. Siempre he estado en alta performance. Entonces, mi tiempo en Tala fue muy poco social. Iba, me entrenaba, jugaba y pum, desaparecía. Así era mi vida.-¿Cuándo fue la primera convocatoria a los Pumas? -En el 78: la gira por Inglaterra, Italia y Gales. Mi primer partido internacional fue en el año 77, en Salta, jugando por el seleccionado del interior contra Francia. En el 78 se juega la final del Argentino en Rosario y estaban terminando de seleccionar el plantel. Entramos Ricky Pasaglia, Ronnie Seaton, Javier Escalante y yo. Estaban empezando a entrar los del interior, que no era usual. -¿La mejor primera línea Puma que integraste?-Hugo Nicola, Alejandro Cubelli y yo. Y te completo el pack: los dos Iachetti, Marco y Sandro; Ernesto Ure, Pochola Silva y Gabriel Travaglini. No es coincidencia de que en el 80 le metimos un try de scrum a los Springboks. ¡Nunca pasó ni va a pasar! Ahí fui pilar izquierdo. En el 83 contra Australia, como pilar derecho, les metimos dos tries de scrum en Brisbane. Y después, como pilar izquierdo de Australia frente a Gales en 1984, otro try. Fueron cuatro tries de scrum en el alto nivel internacional. -¿Qué representaba jugar con Hugo Porta en el equipo? -Jugar con Porta era jugar con un personaje desconocido. Lo único que conozco de Porta es su juego. Después, nunca tomamos un café, nunca tomamos una cerveza, nunca lloré, nunca lloró. Pese a que, fíjate vos, en el año 78 estuve parando en la casa de sus padres, en La Lucila. ¡Hablaba más con los padres que con él! Y no estoy diciendo que sea una mala persona. No: es muy tímido, corto. Y obligado por Ángel Guastella a ser el capitán, él tuvo que dar la cara, hablar con el referí. Lo forzaron a que sea capitán y el líder. Ahora, después puso en acción su pie y salió lo que salió. -¿Intentaste acercarte a él?-Dos o tres veces. Pero no tuvo la empatía o la paciencia o las ganas. ¡Qué sé yo! Ya pasó. Hoy no me interesa el tema. Estoy muy ocupado en las cosas que hago y me dan mucha más energía. -Hablame de las dos victorias sobre Australia: la del 79 en Ferro y la del 83 en Brisbane.-Fueron dos victorias indiscutibles. La del 79 ganamos bien. La del 83, era el primer partido en el extranjero que se le ganaba a una de los ocho potencias. Y de alguna manera tiene relación con la movida mía de irme a Australia, de irme a la mierda de Argentina. En realidad, todo arranca en el 76. Fue cuando me agarran los paramilitares, me secuestran, me sacan del laburo. Tenía una cantina en la Ciudad Universitaria. Caen 12 tipos con ametralladoras, fusiles. Me arrancaron de la cantina y me tuvieron encerrado 24 horas. -¡Qué locura! ¿Por qué razón?-Ninguna. Cuando estaba detenido me mostraban fotos del casamiento de mi hermana, me preguntaban quién era éste, aquél, me preguntaban por tipos de la Universidad Nacional, del Tala, de La Tablada. Gente que conocía o que me conocían. Zafé porque el padre de mi amigo Alfredo Albrisi, que era un coronel del Ejército muy conocido, intervino y aclaró que yo no tenía nada que ver con lo que andaban buscando. Y me largaron. Mi madre también fue encerrada como ocho días. “Pibe, acá no pasó nada”, me dijeron al soltarme. Eso me dejó una espina clavada, que no te la sacás más. -Y te fuiste nomás.-En el 82 la mano venía dura económicamente. Tenía un gimnasio. Y el “título honorífico de ser Puma”, que por lo menos a mi, no me daba un carajo. En ese 82, tenía una gira con Michingo O’Reilly a Francia. Pensé en ir a probar un año o dos, a ver qué pasaba. Mi mujer estaba embarazada. Los dirigentes franceses no se portaron bien en algunos detalles. Encima, O’Reilly me dejó muerto en el banco de suplentes por el Gordo Devoto (ex CASI), que era un buen tipo, pero no un pilar internacional. Una verdad que Michingo reconoció 15 años después. Tenía mucha bronca, engordé, me achanché. Y la gira del 83 fue clave, espectacular. Cuando veo los titulares de los diarios australianos, la conmoción que generaron los dos tries de scrum en Brisbane, dije: “Acá hay una oportunidad”. -¿Era ir a probar o soñabas con otra cosa?-Con mi mujer decidimos irnos en el 84. Probar, aprender inglés, pasear. Y después volver. Dos años ponele. Nos instalamos en Sydney, jugaba en Warringah Rugby Club. A las 9 semanas que estoy allá me convocan a los Wallabies. Gira a Fiji, gira a Inglaterra, partidos contra los All Blacks. ¡Cuatro años sin parar! Y todo eso fue sin pago. Esa era la realidad. Nadie te pagaba en esa época. Yo sabía que tenía que trabajar. Mi mujer, patóloga, hizo la reválida y la rebajaron a “extractora de sangre”. Al año y medio compramos la casa en un remate. Era laburar y dar pequeños pasos. -Terminaste quedándote toda la vida ahí. ¿En algún momento te pasó por la cabeza la posibilidad de volver? -No lo busqué, pero hice averiguaciones para ver qué posibilidades de trabajo tenía. Y la perspectiva era muy, muy pobre. Más las situaciones de los partidos políticos, los presidentes. Viste que Argentina es el país “ni tan, tan, ni muy, muy”. O está muy bien o está para la mierda, no hay término medio. No había perspectiva. Siempre dije que si alguien me ofrecía un trabajo por 100.000 dólares al año, lo pensaba seriamente. Porque en un momento, cuando yo vendía Wi-Fi, teléfonos, banda digital, computadoras, sistemas integrados, tenía ingresos por 100.000 dólares anuales. Pero no. Ahora, si me das un pasaje y me decís de ir cada tres meses a Argentina… ¡Me encanta estar en Argentina! Pero dos o tres semanas, no más.-Y tus hijos ya estarían adaptados a vivir allá-Exacto. Los chicos, Victoria Inés y Enrique Ignacio, iban creciendo, afianzándose, aprendiendo otro sistema. Hablaban español muy bien y aprendieron a vivir de una forma anglosajona, con matices latinos. El corazón es anglosajón, no es inglés. Es distinto. Cuando me retiré, tenía oportunidades de ir como entrenador a Nueva Zelanda, Sudáfrica, Francia, pero quería estar cerca de mi hijo, no que otro fuera el padre. Nunca tuve dudas. -¿Qué tiene la idiosincrasia australiana que te impactó y te sigue impactando hoy? -Son muy bonachones, no todos, pero en general. Bonachones, relajados, tienen un humor muy típico, generoso, los amigos son amigos de fierro. Y te digo: tengo una docena de tipos con los que voy a la guerra. A alto nivel, hay médicos, profesores, científicos, esos son más ingleses, más estructurados y rígidos. Después tenés la variedad de inmigrantes: hindúes, chinos, mexicanos, argentinos. Es muy interesante.-¿Y la comida?-Tenés de todo: pescado, mariscos, arroz. Cuando estábamos de gira por Europa con los Pumas, y había alguno de los chicos que decía “cómo extraño mi bife. Argentina es el lugar donde mejor se come”, les marcaba: “No, no es el lugar donde mejor se come, es el lugar donde más carne se come”. En Australia se come de todo, una gran variedad. Argentina tiene una gran propiedad de carne.-¿Vos los ayudaste a mejorar el scrum a los australianos? -Por supuesto. En el año 84, se hacía a rajatabla el sistema de Tala, el del empuje coordinado. Parecido a lo del SIC, los mismos principios de Catamarca Ocampo, que arranca del scrum de Sudáfrica de 1930. Pero el método de entrenamiento del doctor Carlos Basani Arrieta es la gran diferencia: el trabajo físico, mental y espiritual, la cuestión psicológica.-Llegabas de la escuela argentina, con sus particularidades. ¿Los terceros tiempos de Australia tenían alguna semejanza?-Muy poco parecido. El argentino está predispuesto al sólo el hecho de decir “tercer tiempo”. Mentalmente ya sabés que hay un programa postpartido. En inglés le dicen “After match functions”, que suena más a una escena de negocios. El australiano, en gira, después del partido participa del “happy hour”: reunión del equipo sólo con el entrenador, nadie de afuera. Se encierran una hora y hablan. Es como un trabajo administrativo, donde todo el mundo se caga de risa de todo el mundo. Críticas, chistes, puteadas. Lo puteás al entrenador, lo hacen chupar un fondo blanco. Eso tiene mucho de espíritu de equipo. Y después se va a una cena formal, en un hotel, todo el mundo de traje, donde a veces te juntás con el rival, a veces no. Pero el “happy hour” se hace sí o sí: es una religión.-La semifinal de Australia con Francia del 87, un partido inolvidable, para muchos es el mejor de la historia de los Mundiales. Les tocó perder al final con el try de Serge Blanco.-Yo no lo siento así. Al partido lo ví sentado en tribuna. He jugado otros mucho más emocionantes, con más pimienta. Ese partido fue espectacular porque Francia jugó muy bien y en el final remontó. Pero si hablamos de partidos sobresalientes, yo diría que fue el de 2007, que fue una trompada para Nueva Zelanda. Ganaba 25-10 y Francia le metió cinco tries en 20 minutos y lo eliminó. Un cambio tremendo. -¿Qué tenían de especial las batallas con los All Blacks?-Ochenta minutos donde vos no tenés un segundo para respirar, adrenalina permanente. Que empieza cinco días antes del partido. Es el último examen después de estudiar diez años. Si no lo das bien, te quedás sin título. Si das bien, en una de esas te felicitan y te dan una palmada en la espalda. Y la palmada viene de los All Blacks. Es una gran satisfacción. -¿Cuántas veces jugaste con la camiseta de los Wallabies contra los Pumas?-Cuatro. Dos en el 86 en Australia y dos en Buenos Aires en el 87. -¿Sentiste algo especial?-Sí. Pero mi lealtad está en defender la camiseta que tengo puesta, sin mirar quién está delante. Lo dije siempre: si mi vieja o mi abuela se paran delante de mí en la cancha, yo las crucifico. Yo estoy defendiendo la camiseta, esa es mi lealtad. Me jodieron algunos periodistas cuando fui a una gira a Inglaterra con el tema de Malvinas, con que iba a enfrentar al capitán de un helicóptero. Les dije: “Mirá, yo soy argentino, pero estoy acá como australiano. Y ya está”. Otra vez me jodieron con los himnos cuando jugaban Argentina y Australia: yo cantaba los dos, así de simple. -Mundial 2007. ¿Qué te provocó lo que hizo Argentina? ¿Te emocionó?-Me dio satisfacción, me pareció un gran resultado. Y nada más. Ganarle a Francia dos veces en cinco semanas es un golazo. Pero ganarle a los All Blacks en Buenos Aires hubiera tenido mucho más valor que eso. Me refiero al partido que no se pudo ganar en el 85, cuando al Flaco Ure se le cayó la pelota con el scrum entrando en el ingoal en el final. Después, cuando le ganan acá en Australia en 2020 (por 25-15), con Pablo Matera a la cabeza, para mí ese es el mejor partido de la historia de Argentina, en desarrollo y en resultado. Mucho más que el Mundial, donde jugás varios partidos contra equipos flojos. Los últimos tres partidos son en serio, lo otro es una entrada en calor. -¿Cómo ves a Los Pumas hoy? -En un sube y baja. -¿Y qué le faltaría para dar un salto de calidad?-¡No sé ni me importa! Es un tema de los entrenadores y de los administradores de la UAR. Ahí ahora está como presidente Félix Páez Molina, de Córdoba. Sangre nueva, sistema conocido, porque es más de lo mismo. Ya me he cansado de analizar y decir cosas que cinco años después resultaron ser verdad. No doy más diagnósticos. Si me pagan, hago el diagnóstico de lo que me parece. Pero no tenés que ir muy lejos. -El scrum decayó.-Los Pumas pegaron un salto hace tres años. Después, el scrum se fue al carajo. Se fueron de fiesta. ¿Los entrenadores? Ledesma (Mario), ¡un horror! Cheika (Michael), ¡dos horrores! Ahora veo mucha inestabilidad. Inconsistencia es la mejor descripción. Desde hace diez años hay disonancia en la administración, cosas incongruentes, y bueno, el equipo lo sufre. Hay gente que se mete en cosas que no tendrían que hacer, algunos toman malas decisiones, otros se tratan mal.-¿Y el rol de los jugadores?-Los jugadores tienen su opinión. ¿Al entrenador de los All Blacks, Scott Robertson, quién lo sacó? Media docena de jugadores que se juntan y dicen “no, a este tipo no lo bancamos porque es un payaso”. Lo mismo pasó en Australia. Hoy en día, se te juntan cuatro o cinco jugadores y los administradores se derriten, se cagan, porque los jugadores tienen un contrato, millones de dólares. Y se manejan con otros parámetros, distinto a lo que vivíamos. ¡Andá a plantártele a Ángel Guastella, a Aitor Otaño! Te decían “Pibe, mañana no vengas. Y tomate el tren a Córdoba y no vuelvas, porque avión no te pagamos”. -¿Te pasó?-En el 78, en Inglaterra. En el tercer entrenamiento, le doy mi opinión a José Imhoff, psicólogo, psiquiatra. Era sobre un ejercicio que estábamos haciendo técnicamente mal. Me miró y dijo: “¿Ah sí?”. ¡Jugaron nueve partidos y me puso en uno solo! Imhoff me colgó. Te salías de la línea y te cortaban las piernas. Hoy en día es totalmente lo opuesto. Además, hay como ocho entrenadores que tiene que escuchar el jugador. Han complicado el sistema. El jugador ha dejado de analizar el juego y al contrario. No sabe tomar decisiones. Ni el capitán sabe: está esperando que le llegue una indicación por walkie talkie. -¿Por qué pasa eso?-Porque el entrenador tiene que justificar sus 800 mil dólares por año, lo mismo el entrenador de patada, el de pase y cada uno de los ocho entrenadores. Todo el entorno profesional es un abuso de recursos mal gastados. Al jugador lo transformaron en un autómata, un robot. Vos tenés un problema como el del scrum, ok, lo debés solucionar ahí, en el próximo scrum. El rugby se inventó para usar el cuerpo, la cabeza y el corazón. El jugador de hoy usa el corazón para bombear la sangre. Y la cabeza no la usa. ¿Sabés por qué?-Decime.-Porque la plata ya está en el banco, gane, pierda o empate. No hay motivación ni siquiera por jugar por tu país y en tu ciudad. Ya están recompensados antes de hacer el esfuerzo. Un pintor que trabaja en la calle tiene que hacerlo bien porque cuando termine recién ahí va a cobrar. La performance es muy importante. El rugby profesional paga por anticipado sin saber lo que va a recibir. // // //Cuando dejó de jugar internacionalmente, allá por 1987 (en su club, siguió hasta el 92), el Topo empezó a sufrir episodios depresivos, sin entender plenamente qué le ocurría. Y a partir de ahí, transitó por vivencias durísimas. Perdió su familia, la cabeza lo atormentaba y varias veces pensó en quitarse la vida. Durante casi 20 años no habló del tema, le daba vergüenza. Hasta que entendió que la mejor terapia era precisamente hablarlo, ayudar a otros y recuperar la sensación de plenitud. Las ganas de vivir con metas por delante. Creó una Fundación, salvó muchas vidas, hizo innumerables amigos. Y más recientemente, porque a los 73 el cuerpo también le pedía un ajuste, retomó la preparación física en un gimnasio. Bajó 10 kilos, redujo la presión arterial, recuperó el buen sueño, disminuyó el margen de chances de contraer enfermedades más proclives de estos tiempos, como el Alzheimer o el Parkinson. Hay un “nuevo Topo” que también tiene cosas para contar…-¿Cuándo te diste cuenta vos que estabas en problemas de salud mental, con una bipolaridad?-Seis meses después de haber dejado de jugar empecé a tener altibajos, problemas, sin saber de qué se trataban. Era más depresión que euforia. La euforia la tuve durante 40 años, jugando y entrenando. Lo que me vino fueron unas depresiones horribles. -Llegaste a perder a tu familia y todo lo que habías ganado.-Y, sí. Hoy en día, cuando decís “haber ganado”, yo te debería preguntar de qué se está hablando: si de dinero, de activos, de valores. Hoy en día yo no tengo activos, no tengo una casa, no tengo ahorros, inversiones, nada de eso. Lo único que tengo es un auto de 10 años y que anda bien, me resulta cómodo, práctico y económico. Pero no tengo deudas. Lo que tengo en abundancia son amigos y amistad. Que son dos cosas distintas. Te podés hacer un montón de amigos en Linkedin, en Facebook, en el club, en el asado. Pero la amistad bien entendida la tengo con gente de 90, 100 años, pibes de 20, 25, varones o mujeres. Soy trillonario en lo que se refiere a contacto y amistad. -¿Cuándo decís que perdiste a tu familia, qué es exactamente?-Me divorcié y me fui a vivir solo. Estoy bien con mis hijos, aunque no es lo mismo cuando vivís separado de ellos. Ellos tienen su vida, su familia, sus cosas. Cuando me divorcio, tomé distancia de todos. Pasó el tiempo, con mis hijos nos vemos una vez por mes o cada dos semanas. Cuando se da. No hay ningún drama. Sydney es una ciudad muy pujante, grande, enquilombada. Es muy intensa. En Concordia y en Córdoba, cuando querías ver a tu amigo, ibas, tocabas la puerta y entrabas. Acá tenés que hacer un aproximamiento, armar una cita, porque pueden estar con sus cosas. -¿Y cuándo empezaste a hablar vos de la bipolaridad y a tratarte? -Cuando me retiré del rugby internacional, después del último partido contra los Pumas en Buenos Aires, también paré de hacer gimnasia porque estaba fundido, completamente agotado. El Mundial del 87 para Australia, para nosotros, fue muy decepcionante. Salir cuartos, perder con Gales por un punto, con un jugador menos, esas cosas nos dejaron desinflados. Hasta el punto de que vamos a Argentina y jugamos muy por debajo. Tipo marzo del 88, ya empecé a tener los bajones, una depresión de dos, tres o cuatro días. Eso siguió. Fueron varios años. Hasta que en el 96 decidí ir a ver un psiquiatra. Me diagnosticaron con trastorno bipolar tipo 2. Arranco con medicación y demás, pero no estaba muy convencido y por ahí dejaba de tomarla. Porque el carbonato de litio, que es un estabilizador del humor, también te frena el cerebro, la creatividad, y andás como un zombie.-Vos dabas conferencias, ¿no?-Claro. Viajaba a dar charlas a una compañía, a un club de rugby, y era una fuente de ingreso para mí. Me di cuenta de que con la medicación no podía escribir mis discursos. No tenía chispa. Entonces, dejaba de tomar el litio tres o cuatro días antes de una charla o evento. Y al otro día retomaba. Lo hice durante bastante tiempo. Hasta que me cansé y lo dejé. Volví a tener un sube y baja. Andaba muy caído, el divorcio en 2003, sin un buen trabajo, sin plata. ¡Todo negro! Y en marzo de 2004 fui a una segunda consulta con un profesor muy conocido, que atendió un amigo, nadador olímpico. Esa vez ya lo hice con mayor conciencia.-¿En qué lo notaste?-En que me hacía bien hablar, compartir. Distinto a la vez anterior, donde nadie hablaba en mi casa. Así, formé la Fundación Bipolar, para educar a quienes lo necesiten. Me metía en mi propia cabeza, a ver qué es, cómo es. Y acá estoy, 38 años después. Cada vez hablo y escribo más del tema. Es como una terapia.-Empezaste a hablar y seguramente notaste que fuiste y sos de gran ayuda para mucha gente que pasa por lo mismo.-Así es. Te puedo decir fehacientemente que en los últimos 38 años he salvado a 12 personas de que se suicidaran. Admitido por ellos mismos. “Andaba al borde del abismo”, “Ya tenía el cuchillo afilado”, “ya estaba con la soga en el cuello”, me reconocían. Haberlos salvado es una gran satisfacción. Prefiero juntarme a tomar un café con esta gente y no andar buscando amistad con Hugo Porta. -Y te volviste a meter en el gimnasio, adoptaste la neuroplasticidad.-Lo del gimnasio y de la parte física viene desde que era un infante. Gimnasios, pesas a los 19, 20 años cuando empecé a jugar. O sea que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu están imbuidos de la preparación concienzuda. Cuando hace 3 años estaba muy mal, y de pronto pensaba en tirarme de un balcón, me ayudó una fisioterapeuta que me dijo “¿Por qué no te metés en el gimnasio? Soy fanática de los gimnasios, es lo mejor, me ha cambiado la vida”. La miré y le respondí: “¿Sabe que tiene razón?”. -Pegaste la vuelta como un Rocky…-Me empecé a preparar como si estuviera por volver a los Pumas, con disciplina, metodología, pero con un plan para alguien de 70 años. A los 6 meses le agregué natación, y después bicicleta, ajustes con la dieta. Ajustes en lo social: a la gente tóxica, afuera. Primero cortás las ramas y si no alcanza, cortás el tronco entero. Entonces pasé a ser un tirano de mi salud, pero en el buen sentido. Empecé a darme bola y a hacer lo que me hace bien a mí. Sin importarme el resto del mundo. Hay mucha gente que te corta las piernas, te serrucha. De envidia. En el trabajo pasa mucho cuando un jefe felicita a uno de los empleados: el resto ya lo empieza a ver mal, a encontrarle defectos.-¿Qué consejo le darías a alguien que esté percibiendo lo que vos detectaste cuando dejaste el rugby y empezaste a sentir estos bajones? -Lo primero y lo más importante es desembuchar. Con una persona a la cual le tengas respeto y te respete, alguien que te quiera, que vos lo quieras. O sea, sacar y poner la mierda sobre la mesa. En ese proceso, muchas veces encontrás soluciones a los problemas. Porque generalmente vos te sentís mal. Es el síntoma, pero viene a raíz de cosas que te pasan. Si vos tenés diez cosas negativas al día, al final vas a terminar apesadumbrado, aunque no tengas depresión. Por el contrario, si te pasaron diez cosas buenas, hiciste plata y te felicitaron, llegás a tu casa lleno de energía, positivo. Hablar es clave. Y acá viene una de las cosas más duras. A veces, en la familia están los detractores más grandes de tu vida. Entonces, la elección es tuya. Y no tiene que ser el psiquiatra o el psicólogo la persona con la que hablás. Ellos ya tienen la camiseta puesta: te atienden, te cobran y te ayudan, pero juegan para ellos. En cambio, tu amigo juega para vos. -Tenés un trabajo que denominaste “el ómnibus de la recuperación de enfermedades mentales”.-Sí, un ómnibus que tiene 12 ruedas. La medicación es una rueda, el psicólogo otra, el psiquiatra otra, tu familia otra, la comida que comés otra, el gimnasio otra, tu novia otra. Todo es importante. Si se te desinflan una o dos gomas, el ómnibus por ahí sigue. Ahora, cuando tenés cuatro bajas, ya no va. Esto es igual que un auto. Cuando se juntan tres, cuatro o cinco cosas, el auto se para. El cuerpo es lo mismo: empezás a toser, pero se te juntaron cinco cosas y el corazón dice “basta”. No es una sola cosa. Cuando vos hacés lo correcto en términos de gimnasia, la dieta, los tratamientos, el cuerpo, el sistema inmunológico te agradece dándote más y mejor neuroplasticidad. Porque vos lo tratás bien, le estás haciendo un favor al cuerpo. Pero si vos lo tratás mal, la neuroplasticidad no existe. Eso es una cosa por la que estoy bregando, empujando para que se entienda que la intencionalidad de la persona es lo que te hace andar al sistema inmunológico, o bien o mal. Y la neuroplasticidad es un cómplice del sistema inmunológico. ¿Sabés cuál es el otro aliado más importante, aparte del corazón y el cerebro? La panza, la microbiota, la macrobiota. Todo lo que uno come. Dicen que el estómago es el segundo cerebro. Y es así.

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