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El legado del Gato Barbieri

04/04/2016
El legado del Gato Barbieri

Con la muerte de Leandro “Gato” Barbieri, el sábado a los 83 años en Nueva York, desaparece la mayor figura que dio la Argentina al jazz (sin olvidar los nombres de Lalo Schifrin y Oscar Alemán). En los años ‘70 el crítico Nat Hentoff lo definió nada menos que como la fuerza jazzística más original proveniente de un músico no norteamericano después del guitarrista Django Reinhardt.

El músico había nacido en Rosario el 28 de noviembre de 1932. A los doce años se estableció con su familia en Buenos Aires y empezó a estudiar el clarinete. A los 18 cambiaría el clarinete por el saxo; primero el alto, luego definitivamente el tenor.

Por esos años toca en la orquesta de Lalo Schifrin; anima las reuniones del Bop Club; es apodado “Gato” por sus silencios y su aspecto misterioso; graba los solos que su hermano (el fino trompetista Rubén Barbieri, cuatro años mayor) le escribe para la película El perseguidor de Osías Wilensky; en poco más de una década el músico siente que ya no hay nada más por hacer en Buenos Aires.

En 1962 abandonó definitivamente la Argentina, a la que sólo volvería para algunos recitales. Tras unos meses en Brasil, se radica en Roma con su mujer Michelle. Allí conocerá al tompetista Don Cherry, figura fundamental del free jazz.

En los ‘60 cruza varias veces el Atlántico hasta quedar arraigado en Nueva York. Toca con las grandes figuras de la vanguardia: Pharoah Sanders, Cecil Taylor, Carla Bley, Charlie Haden, Dewey Redman. Conoce al cineasta brasileño Glauber Rocha. A Barbieri lo impresionan las películas de Rocha, con su “estética del hambre”, su radicalidad, su extraño laconismo; la fraternal amistad con el cineasta le permite además imaginar una cierta identidad: el álbum The Third World (Tercer mundo), grabado en noviembre de 1969, es un claro testimonio. El disco comprende una composición en homenaje al cineasta, Antonio Das Mortes, además de una versión de las Bachianas brasileiras de Villa-Lobos, un tango de Piazzolla y una pieza de inspiración andina de Barbieri, Canción del llamero.

Es el primer álbum de la serie grabada por Barbieri para un sello de resonancias wagnerianas: The Flying Dutchman (El holandés errante). Lo seguirán Fenix (1971), El Pampero (1972), Bolivia (1973) y Under Fire (1973). Tal vez tengamos aquí los primeros ejemplares históricos de un tipo de fusión que encontraría numerosas adhesiones en la música argentina, aunque el concepto de fusión a partir de los ‘80 se refiere a algo tan lavado que no parece apropiado para describir lo que suena en estos discos.

Aquí Barbieri ya ha desarrollado plenamente su sonido, y se percibe la huella de sus experiencias con el free. Es un saxo exasperado, que transcurre fuera del registro cómodo-elegante y tira casi invariablemente hacia el agudo. Sin relevamiento de funciones ni alternacia de solos, en estos conjuntos el saxo lleva la línea del principio al fin. La idea es la de un instrumento solista, más una hormigueante sección rítmica. No es jazz rock, ni latin jazz. Es algo único, un acto de lirismo extremo que llegó y se fue con el Gato Barbieri.

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