Hay guiños, señales de una época. Son los noventa. Tiempos de madrugadas alcohólicas, aletargadas y húmedas, en un departamento de Caballito. En la mesa de luz, una biografía de Chico Buarque, un libro de Roberto Arlt, cuadernos propios, lapiceras, apuntes sueltos. Fito Páez, de 27 años, deambula por la casa alquilada. Luego va hacia un estudio cercano, se sienta al piano, intenta algunos acordes, pero no deja de tomar, se dispersa, en otros momentos del día se calma con algunas pastillas. Escribe canciones desde sus quince y no deja de intentar componer, busca letra y melodía, ritmo, textura, busca armonía. Algunas veces sale, otras no. Las noches parecen repetirse: sin horarios ni rutinas fijas, Fito entra y sale de bocetos de temas, nada parece cerrarle. Una noche, ya exhausto, se saca los anteojos y los apoya en la mesa. “Chico Buarque tiene puestos/Los anteojos que dejé sobre un cuaderno con su rostro/Iluminando el cuarto, algo entrando en la mañana/Carabelas de la nada, carabelas nada”, escribe, en un plano mental de una nave que merodea sin tanto norte, con imágenes de esas jornadas divagantes, íntimas. Y luego, suceden otros fragmentos: “Chocan, se hacen trizas en el aire/Lo del tango es una idea que me toca aunque no quiera/Una chica sube a un taxi, Caballito, Buenos Aires/Muere un tipo en Mataderos, un balazo en un aguante/Y esto no deja de ser una canción/Desde el alma/Sol/Que me calma/Uh-uh-uh-uh-uh-uh-uh”. La idea de la calidez del sol que temple el alma, la postal de un crimen que da cuenta de una degradación social que él mismo vive en carne propia, con una realidad de pocos shows, de menos dinero circulando entre los artistas. Se dice que, en esa época, fue uno de los tantos momentos en que tocó fondo. Al parecer, Páez no tenía plata para pagar todas sus comidas, los bares le fiaban, decían que iba a casas de amigos para comer y lamentarse. Hacía conciertos pequeños con uno o dos músicos porque el presupuesto no alcanzaba para toda la banda. En las entrevistas despotricaba contra el negocio de las discográficas, estaba sin mánager, furioso porque nadie apoyaba sus proyectos y las radios no pasaban sus canciones. Varias veces dijo que deseaba irse del país. Algunos periodistas lo sentían como un talento desperdiciado que veía cada vez más de cerca la silueta del olvido popular.Y la canción, mientras tanto, seguía su curso en aquel departamento trasnochado de Caballito: “Hoy paré con la botella/Todos saben lo difícil que es zafarse de ella/Ella tiene el par de piernas más largas que vieras/Y hace que tu corazón parezca que aún siguiera/Tango, que me hiciste mal/Y sin embargo te quiero, quiero sepultar/La vieron a tu vieja, con un pan de hash/Vendiéndole a los negros en la calle Montparnasse”. Se sellaba, de esa forma, una de las canciones más elegantes y melancólicas del artista rosarino: “Carabelas nada”. El tango jazzeado con pizcas de rock lo terminó de pulir en la sala de ensayo del pasaje La Mar, ahí en Caballito, después de varias horas de divague musical sobre el piano. Diego Fischerman, en su reciente libro Hoy desperté cantando esta canción, habla de que era un tema admirado por Gerardo Gandini, el compositor amigo de Fito, con el que gestó conciertos memorables como el del Teatro Colón, en 1996, en el que incluyeron la canción. En efecto, existe una versión exquisita de “Carabelas nada” inspirada en esa experiencia que hizo Fito Páez con Kashmir Orquesta en el por entonces CCK, en 2015. “Páez renovó una y otra vez los moldes de la canción, escribió muchas de las obras más importantes en ese género y es, de hecho, uno de los únicos, entre los grandes autores reconocidos por la historia, que sigue activo”, dice Fischerman, y describe a “Carabelas nada”, canción esencial del disco Tercer mundo, de 1990, como una pequeña cartografía, la delineación de un territorio cultural en el que aparecen Chico Buarque, el tango, los barrios porteños, las mezclas y las ciudades, y algo notable que es parte de la firma de un autor: los arreglos, las orquestaciones. La colaboración de Carlos Villavicencio, desde el mundo del jazz: esas cuerdas que entran en la segunda estrofa, “fantasmales a su vez, en armónicos”. El piano, el contrabajo de Guillermo Vadalá, la batería tocada con escobillas por Daniel Colombres “y ese fraseo de la voz, levemente desplazado, flotante en el ritmo, tan del jazz y tan frecuente en Páez”. Lo cierto es que, pese a las broncas y las crisis, los naufragios, las errancias y el alcohol, en aquella época Fito nunca dejó de crear y junto a “Carabelas nada” parecía tener listo un casete con demos. Eran poco más de diez canciones y quería grabarlas en un disco que se llamara Tercer mundo. Pero el proyecto no le terminaba de cerrar, lo quería cajonear, y sus amigos intentaban convencerlo de lo contrario. “Páez es autor de parte de las mejores canciones de las últimas décadas (de la temprana “Viejo mundo”, de 1983, a “Carabelas nada”, pasando por “Ámbar violeta” y “La casa desaparecida”). En muchos casos, antes de la composición hubo una experiencia de lectura. Fito es, quizá, el mejor piano man de este país, dueño de un refinamiento singular a la hora de acompañarse”, opina Abel Gilbert, haciendo referencia a un artista que, además de su curiosidad por afinidades musicales diversas recurría a un vasto universo como lector y de su gusto por el cine. En “Carabelas nada” suenan cuatro minutos y treinta y cinco segundos de un Fito nocturnal, con glisandos y bajos y altos anímicos. Un arranque a lo Bill Evans, una cita alusiva a Último tango en París, intervalos instrumentales que rodean la letra con ese sopor algo sombrío, pero a la vez de examinación hacia sí mismo, de intentar la búsqueda de un equilibrio personal en medio del caos, de suspender, aunque sea por un instante, la tentación etílica y abrazar el pulso vital de un nuevo amanecer. Un tema que, en el tiempo ha dado adaptaciones sutiles, como la de Lula Rosenthal junto a Lito Vitale, como si fuera un standard de jazz, la etérea y desgarrada de Liliana Herrero, o la versión milonguera de Cucuza Tango Bardo. A comienzos del 90, la banda de Fito tenía a Guillermo Vadalá en bajo, Daniel Colombres en batería y a Ricardo Verdirame en guitarra. En los teclados se alternaban el histórico Tweety González y el recién llegado Mario Maselli. Más que a un Fito de economía frágil, el baterista Colombres recordaba a un joven capaz de vivir con lo que había: “Tenía Ey!, Ciudad de pobres corazones, La la la, Giros y su primer disco, Del 63. Tenía una carrera armada y no sé si no tenía guita. Él se hacía el hippie, vivía alquilando, se ve que todavía no le daba para comprar una propiedad, ponele”. En 1985, después de convocar a doce mil personas en el Luna Park, el diario Clarín había calificado a Fito Páez como “la figura más importante del futuro del movimiento del rock en la Argentina”. Desde los asesinatos de su abuela y su tía en noviembre del 86, el músico oscilaba entre la ira y la tristeza. En los reportajes se mostraba cínico. “A mí ya me chupa un huevo todo”, le decía a la revista Rock & Pop. Su convocatoria había mermado: del Luna Park pasó a Obras y de allí a los teatros y algunos bares. El boceto de Tercer mundo tenía inicialmente once canciones: “El chico de la tapa”, “B.Ode y Evelyn”, “Tercer mundo”, “Carabelas”, “Algo mejor”, “La balada de Donna Helena”, “Hoy las tropas invadieron Panamá”, “Nicaragua”, “Fue amor”, “Alegría a mi corazón” y un tema sin nombre que probablemente haya sido “Religion Song”. Fito buscaba un disco más acústico. De esas once del demo, algunas fueron descartadas y surgieron nuevas, como “Los buenos tiempos” y “Hazte fama”. Cuando el productor Fernando Moya lo escuchó, propuso grabar cuanto antes. Se cocinó en los estudios ION. En “Carabelas nada” había un pico emocional. “Esa necesidad de Fito de ser feliz de una vez. Como el grito al promediar el tema, cuando las cuerdas de Villavicencio levantaban vuelo y el rosarino cantaba el coro al mango, exorcizando todos los demonios mientras flotaba como Judy Garland en El mago de Oz”, escribió Federico Anzardi en La Agenda Revista. Fito Páez viajó entonces a Europa, estuvo por París, Ámsterdam y Madrid. Cuando las opciones se apagaban en el Viejo Continente, recibió un llamado desde Buenos Aires. Era Fernando Moya: “Vendiste treinta mil discos en una semana”. En diciembre de 1990 se presentó en el Gran Rex, quizás uno de los conciertos más memorables de su trayectoria, con invitados como Luis Alberto Spinetta, Liliana Herrero, unos jovencísimos Illya Kuryaki and The Valderramas y Mercedes Sosa. Después del éxito en el Gran Rex se fue de nuevo del país, esta vez a Brasil. “Carabelas nada”, canción sofisticada que revela una era de trances, metamorfosis y bohemia, gema dentro de un disco, Tercer mundo, que se convertiría en un quiebre de su vida artística. “Menem estaba con esa idea del ingreso en el Primer Mundo y yo salía con un disco que se llamaba Tercer Mundo”, decía el rosarino en una entrevista. Un Fito que todavía estaba enredado en la exploración interior, dejando atrás viejos bloqueos y sinsabores, y en la premonición de algo arrollador, algo que sucederá con la fuerza del amor después del amor. Y todo, entonces, estallará por los aires.
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La canción que sacó a Fito Páez de uno de los períodos más oscuros de su vida
03/08/2026
