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Un estudio dice que quienes crecieron jugando en las calles hasta que anochecía tuvieron un entrenamiento clave para la vida

07/07/2026


Para quienes crecieron corriendo descalzos por el barrio y escuchando el grito de la madre que anunciaba el final del día, la infancia no fue sinónimo de descuido, sino de libertad y aprendizaje. La psicología sostiene que esa experiencia, lejos de ser riesgosa, funcionó como un entrenamiento temprano en autonomía y confianza.

Los recuerdos de tardes enteras inventando juegos con los vecinos, al resolver disputas sin la intervención de adultos y enfrentando pequeños accidentes, dejaron una huella profunda en quienes vivieron esa época. Según los especialistas, esa libertad permitió desarrollar habilidades esenciales para la vida adulta, como la capacidad de negociar, la creatividad y la valentía ante lo desconocido.

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Las lecciones que dejaron las calles: independencia y autoestima

En aquellos años, los chicos pasaban horas lejos de la mirada constante de sus padres. Tenían que ponerse de acuerdo sobre las reglas, decidir quién empezaba cada juego y resolver sus propias peleas. Esa dinámica diaria les enseñó a tolerar la frustración y a buscar soluciones creativas ante los problemas.

Rasparse la rodilla o perder la pelota era parte de la aventura. En vez de buscar ayuda de inmediato, los chicos aprendían a arreglárselas solos, lo que fortaleció su autoestima y su capacidad para enfrentar imprevistos.

El estudio «El juego aventurero como mecanismo para reducir el riesgo de ansiedad infantil: un modelo conceptual», publicado por Springer Nature, confirmó que el juego libre, con riesgos adecuados a la edad, fomenta la autoconfianza y la seguridad en los chicos. Afrontar pequeños desafíos durante la infancia ayuda a desarrollar tolerancia a la incertidumbre y reduce el riesgo de ansiedad en la adultez.

Las pequeñas libertades eran claves para los nenes (Foto: Gemini).
Las pequeñas libertades eran claves para los nenes (Foto: Gemini).

El impacto de la sobreprotección y el desafío de encontrar un equilibrio

Hoy, la realidad es muy distinta. La infancia transcurre muchas veces entre paredes y pantallas, bajo la vigilancia constante de los adultos. La falta de desafíos reales limita el desarrollo de defensas emocionales y genera adultos más inseguros ante las dificultades cotidianas.

La seguridad es una preocupación central para las familias modernas, pero la sobreprotección puede impedir que los chicos aprendan a manejarse solos en el mundo. Permitir pequeñas libertades, como ir a la panadería o jugar en el patio, ayuda a fortalecer la confianza mutua y prepara a los niños para los desafíos del futuro.

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El legado de la infancia en la calle: coraje y creatividad para toda la vida

Las calles y plazas funcionaron como una verdadera escuela de vida. Ahí se aprendía a negociar normas, a enfrentar peligros con precaución, a inventar juguetes con lo que había a mano y a construir lazos de unidad con los vecinos.

Los recuerdos de rodillas raspadas y carreras al atardecer siguen siendo un refugio para los adultos de hoy. Esa autonomía adquirida en la infancia se transforma en una herramienta clave para superar los problemas diarios y afrontar la vida con buen humor y resiliencia.



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