Un Partido Socialista simplemente vivo estaría hoy mismo reclamando públicamente explicaciones a su secretario general por la estrepitosa derrota sufrida en Andalucía. Un Partido Socialista simplemente vivo estaría hoy exigiendo dimisiones, planteando críticas a la gestión realizada, reclamando un giro de la línea política y, en última instancia, una nueva persona al frente. Un Partido Socialista simplemente vivo estaría concertando reuniones a todos los niveles para analizar lo sucedido, respondiendo a la preocupación de una parte de la opinión pública por el descalabro ocurrido y expresando abiertamente puntos de vista diversos sobre las causas. Un Partido Socialista simplemente vivo estaría hoy inmerso en un debate sobre la sustitución de Pedro Sánchez.Pero el PSOE no es un partido vivo, es solo unas siglas, un banderín de enganche, una estructura –cada día más frágil– para sostener en el poder a Sánchez. Debajo de él solo quedan empleados y siervos, como dijo Óscar Puente, con la única misión de adoctrinar a un ejército, cada vez menos nutrido, de fanáticos que repitan ciegamente las consignas impartidas.No dudo de que habrá gente honesta en la izquierda que, aun no simpatizando con Sánchez, cree que él es el medio para que la izquierda esté en el poder. Se equivocan profundamente. Es exactamente al revés: la izquierda es el medio que utiliza Sánchez para seguir en el poder. Y, como no responde a ninguna ideología ni causa más que a su voluntad de detentar el mando, lo ejerce cada día de forma más despótica y desacertada.Andalucía es el escenario en el que esta degeneración del PSOE se aprecia de forma más evidente porque también es el territorio en el que de forma más incontestable se vivió su época de gloria. Andalucía es una comunidad vinculada formal y emocionalmente con el moderno Partido Socialista en esta etapa de democracia. El principal artífice de esa reconstrucción era andaluz, como lo eran su mano derecha y muchos de los dirigentes de aquella hora.Andalucía fue el lugar en el que el éxito del PSOE en las últimas décadas del siglo pasado se exhibió con mayor rotundidad y donde más se prolongó. Una combinación de razones históricas y políticas destinadas a reducir la desigualdad con el norte de España creó una relación tan estrecha entre los socialistas y sus votantes andaluces que, por momentos, se pensó que nadie sería capaz nunca de romper ese vínculo. Solo el Partido Popular en Galicia se parece algo al fenómeno del PSOE en Andalucía.Hubiera sido lógico que el paso del tiempo y los errores cometidos erosionaran ese lazo –aunque no ha ocurrido en Galicia–. Lo que no resulta tan comprensible es la rapidez y la contundencia con la que el PSOE ha pasado del todo a la nada. Porque una cosa es equilibrar una situación que podía llegar a resultar anómala y otra haber pasado, en menos de una década, de la mayoría absoluta a la mitad de los escaños del PP. Desde que Sánchez gobierna, el PSOE ha perdido la mitad de los votos en Andalucía.Algunos pueden buscar consuelo para los resultados de ayer en el hecho de que la mayoría absoluta del PP estuviera hasta última hora pendiente de los coeficientes de cada provincia. La caída del PSOE se ve, por otra parte, ligeramente compensada por el ascenso de Adelante Andalucía, por cierto, una izquierda anti–PSOE. Pero ninguno de estos matices puede negar la realidad más clara: una victoria indiscutible del PP, que apenas sufre desgaste tras ocho años en el Gobierno, y un descenso del PSOE a los infiernos, por debajo incluso de su peor resultado histórico.Esto no lo explican solo la correcta gestión de Juanma Moreno ni la patética actuación de María Jesús Montero. Los dos han puesto, sin duda, de su parte para que los resultados sean los que son. Pero es preciso mirar más arriba para encontrar la respuesta. Podemos llamarlo de muchas maneras y buscar explicaciones más complejas, pero el resumen va a ser siempre el mismo: el rechazo a Sánchez. Por encima de cualquier cosa, anoche los andaluces, como antes los castellanos y leoneses, los aragoneses y los extremeños, han votado contra Sánchez, su carácter, su estilo y sus políticas.Puede que él viva en un engaño. Tal vez algunos de sus seguidores también. Pero el resto del país no se deja engañar más. Puedes tratar de esconder un proyecto de financiación para Cataluña que rompe el principio de solidaridad en España y perjudica claramente a los más pobres, andaluces entre ellos. Puedes disimular durante la campaña electoral y esconderlo por unos días en un cajón. Pero ya no engaña a nadie. Todos conocen sus intenciones. Todos saben que miente y que su predisposición a la mentira es incontenible.El PSOE es un elemento indispensable de la historia de España y ha formado parte estelar del paisaje de nuestra democracia desde el primer día. Cuesta pensar en su desaparición. Pero, al margen de que otros partidos legendarios han caído en otros países, es evidente que Sánchez lo conduce a su extinción.El PSOE no volverá a ser el partido vertebrador de la sociedad española y de vocación mayoritaria que un día fue. Es muy posible que una izquierda moderada, constitucional y española pueda ganarse de nuevo la confianza de los electores españoles; sin embargo, es muy difícil que eso se produzca bajo las siglas del PSOE. No con Sánchez, desde luego, que ha demostrado ya de sobra su capacidad para dividir y enfrentar.Pero, a la vez, Sánchez ha puesto de tal manera todos los instrumentos –y militantes– del partido a su servicio, que es prácticamente imposible una transición pacífica para sustituirlo. Sánchez está decidido a continuar formando parte del panorama político español mucho tiempo. Lo ha dicho sin tapujos.La primera vez que el PSOE descubrió su toxicidad, fue necesario recurrir a métodos extremos para deshacerse de él durante un tiempo. Ahora el reto es de toda la sociedad española.El resultado en Andalucía no hará que Sánchez convoque elecciones, como debiera ocurrir en cualquier país democrático. Sánchez seguirá ahí, desangrando al PSOE sin remordimientos y condenando a todo nuestro sistema político a un estrés institucional como no habíamos vivido desde los años de plomo de nuestra Transición.Cualquier demócrata interpretaría los resultados de ayer en Andalucía como una inequívoca desaprobación de su gestión. Montero es su candidata; suya es la estrategia diseñada y suyo es el legado que está obligado a cargar, como un pesado fardo, todo candidato del PSOE en cada punto del país.Cualquier político se resentiría humanamente por el tormento de no poder pisar la calle sin escuchar un insulto. Cualquier demócrata sabría qué hacer cuando sus propuestas son rechazadas una y otra vez en las urnas. Pero Sánchez carece de la sintonía emocional de un político decente y, desde luego, no es un demócrata.Antonio Caño es un periodista español y fue director del diario El País
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La demolición del PSOE
18/05/2026
